En la era de las redes sociales, el fitness se transforma en imagen: el entrenamiento se convierte en un simple contenido y el cuerpo en una marca. Entre influencers, tendencias virales y rutinas performativas, el bienestar deja paso a la representación. ¿Qué significa hoy estar en forma?
Gimnasios que parecen escenarios de cine, conjuntos perfectamente coordinados como si fueran colecciones de haute couture, entrenamientos convertidos en clips y competiciones por la visibilidad en aplicaciones como Strava: en la era digital, estar en forma corre cada vez más el riesgo de convertirse en sinónimo de parecer estar en forma. Las redes sociales nos colocan frente a un espejo deformante que premia la imagen inmediata y el formato viral; así, el feed se convierte en un currículum y el cuerpo en un producto que exhibir.
No se trata únicamente de un fenómeno estético, sino de una redefinición del valor de la actividad física, que deja de entenderse como una práctica de salud para convertirse en un símbolo de estatus. Los jóvenes, acostumbrados a consumir contenidos en formato breve, se encuentran inmersos en un mercado de la imagen donde la promesa de transformación es inmediata y medible en likes. La estética del fitness impone nuevos cánones, muchas veces más fáciles de publicar que de mantener en la vida real.
Influencers antes que entrenadores personales
La era de los fitness influencers ha transformado el entrenamiento en un formato y la competencia profesional en una estética comercializable. Hoy vemos surgir creadores de contenido que construyen una identidad de expertos a través de montajes, filtros y storytelling, difuminando la frontera entre la divulgación rigurosa y el entretenimiento.

Influencer fitness durante la grabación de un entrenamiento para redes sociales en un gimnasio que parece un set cinematográfico.
Detrás de cada reel existe una estrategia cuidadosamente planificada: patrocinios, suscripciones y programas “personalizados” que, con frecuencia, parten de plantillas estandarizadas. Los algoritmos favorecen ejercicios “instagrameables” y transformaciones espectaculares en detrimento de progresiones seguras y planes de entrenamiento adaptados. El gimnasio se convierte en un plató, el cuerpo en una marca y la cinta de correr en una pasarela donde lucir conjuntos perfectamente coordinados: todo está diseñado para maximizar el engagement.
Hoy la transformación física puede comprarse con un clic y medirse en likes, redefiniendo el propio concepto de “competencia”.
Dietas, poses y retos: el fitness como tendencia
TikTok e Instagram sugieren que la rutina ideal debe incluir dietas siempre “limpias”, motivación constante y un control absoluto del cuerpo. Un modelo que ignora el trabajo, los estudios, las responsabilidades familiares y el estado psicológico; en definitiva, la vida real. Muchos creadores muestran jornadas enteras en el gimnasio y comidas pesadas al miligramo, alimentando una narrativa de perfección que a menudo es ficticia. Entre los más jóvenes, estas tendencias generan un fuerte efecto de imitación, favoreciendo sentimientos de insuficiencia. Entre los formatos más virales destacan:
- What I eat in a day: comidas extremadamente calculadas que pueden fomentar una relación poco saludable con la alimentación y favorecer trastornos alimentarios, ocultando con frecuencia el uso de suplementos o sustancias anabolizantes.
- Get Ready With Me: la preparación para entrenar se convierte en un ritual estético compuesto por prendas y accesorios costosos, transmitiendo la idea de que el fitness es más un símbolo de estatus que una actividad física.
- Fit check: un pretexto para exhibir un cuerpo esculpido, convirtiendo un ideal estético excepcional en una norma aparentemente obligatoria.

Posible imagen asociada al contenido viral “What I eat in a day”.
La objetivación del propio cuerpo
El análisis del filósofo Aurélien Daudi (The Culture of Narcissism, 2022) ofrece una perspectiva esclarecedora: la estética del fitness contemporáneo se basa en un proceso de autoobjetivación provocado por el impacto de las redes sociales. Daudi relaciona esta dinámica con la teoría del filósofo Jean Baudrillard, según la cual el cuerpo se convierte en “el objeto de consumo más bello”, un símbolo cuyo valor depende de los signos que lo acompañan. Esto conduce a una profunda objetivación del yo: el cuerpo pasa a tratarse como una mercancía cultural y el fitness se convierte en una fuente de visibilidad, más que en una búsqueda de bienestar y salud.
Hemos hablado sobre estas cuestiones con la doctora Laura Endrighi, psicóloga especializada en conducta alimentaria y hambre emocional.
¿De qué manera las tendencias virales centradas en la estética pueden influir en la percepción corporal, especialmente entre los jóvenes?
Estos contenidos no son neutros; construyen una norma implícita sobre cómo deberíamos comer, vernos y vivir nuestro cuerpo. El problema es que esa norma suele ser irreal, aunque se percibe como alcanzable. En el caso de los “What I eat in a day”, se refuerza el pensamiento dicotómico (correcto/incorrecto) y se normaliza una atención extrema a la preparación de las comidas y al control de las cantidades. Ese nivel de control, que en el ámbito clínico se asocia a la rigidez, en internet se presenta como algo normal. Se crea así una correlación peligrosa: el valor del cuerpo queda ligado a la capacidad de seguir a la perfección un determinado modelo alimentario.
En los “fit check”, por otro lado, el mensaje implícito es que el cuerpo debe estar constantemente “perfecto” y ser visualmente coherente. Esto conduce a una observación continua de uno mismo. Sin embargo, desde una perspectiva clínica y humana, es completamente normal percibirse de forma distinta de un día para otro y experimentar momentos de neutralidad respecto al propio cuerpo. El resultado suele ser un aumento de la frustración que puede derivar en conductas extremas para intentar ajustarse a estos modelos.
¿Qué señales indican que el entrenamiento o la alimentación están convirtiéndose en comportamientos obsesivos?
No observamos únicamente lo que hace una persona, sino la relación que desarrolla con esos comportamientos. A nivel cognitivo, aparecen pensamientos constantes sobre la comida y el entrenamiento, acompañados de reglas rígidas; el valor personal termina dependiendo casi exclusivamente del cumplimiento de esas normas.
A nivel emocional, surgen sentimientos de culpa después de comer, ansiedad al saltarse un entrenamiento y un miedo intenso a “perder los resultados”.
A nivel conductual, es habitual continuar entrenando incluso en situaciones de cansancio o lesión, comprobar constantemente el cuerpo frente al espejo y limitar la vida social al evitar momentos de convivencia por considerarlos incompatibles con las propias reglas. La señal más importante es la pérdida de flexibilidad: el comportamiento deja de ser una elección y se convierte en una obligación. Es precisamente ahí donde aparece la diferencia entre bienestar y obsesión: conductas que nacieron para “sentirse mejor” terminan reduciendo la libertad y ocupando un espacio excesivo en la mente.
¿Cómo puede un joven reconocer un modelo irreal y construir una relación saludable con el deporte?
Reconocer estos modelos no es sencillo porque están profundamente normalizados a nivel social. En los últimos años, la difusión de la cirugía estética también ha contribuido a consolidar estándares como si fueran permanentes. Sin embargo, la estética cambia constantemente; el riesgo consiste en tratar el cuerpo como una moda pasajera, olvidando que el cuerpo es algo que se vive, no algo que simplemente se muestra.
Un primer indicador es la sostenibilidad: si mantener ese modelo exige una cantidad excesiva de tiempo y energía mental, o implica renunciar a aspectos importantes de la propia vida, probablemente no sea sostenible.
Otro indicador es la rigidez: cuando aparece la idea de que solo existe una forma correcta de comer o de verse, estamos ante una lógica difícilmente compatible con el bienestar. Construir una relación saludable implica desplazar el foco de la apariencia a la experiencia. Pero, sobre todo, supone desarrollar el pensamiento crítico: exponerse a contenidos diversos, buscar perspectivas alternativas y aprender a no asumir lo que vemos en internet como un modelo que imitar, sino como un contenido que debe interpretarse.
En definitiva, el riesgo es terminar entrenando la imagen mientras se descuida a la persona y su bienestar físico. Por ello, resulta fundamental redescubrir el placer del movimiento, del deporte y del gimnasio como una elección de libertad y no como una forma de seguir una tendencia viral y pasajera; hacerlo para sentirse bien con uno mismo, con el propio cuerpo y con la propia mente, y no para acumular likes en Instagram o TikTok.
Para seguir reflexionando
También hemos abordado la influencia de las redes sociales en la vida cotidiana en otros artículos: Fast fashion y consumo: un llamamiento a la responsabilidad que no podemos ignorar, “Sephora Kids”: cuando los cosméticos se convierten en una obsesión entre los niños, El amor propio en tiempos de TikTok: ¿empoderamiento o expectativas distorsionadas?
