Por Roberta Maria Serra
Mentorship: Paulo Lima
La resistencia a los antibióticos representa uno de los desafíos sanitarios más graves de la actualidad e indica la capacidad de las bacterias para sobrevivir y proliferar a pesar de la presencia de fármacos. Esto vuelve ineficaces medicamentos que antes eran resolutivos y complica el tratamiento de infecciones comunes. El principal factor desencadenante es el uso excesivo e inapropiado de antibióticos en la medicina humana, veterinaria y en la agricultura. Sin embargo, en los últimos años ha quedado claro que la resistencia a los antibióticos es también, y sobre todo, un problema ambiental, y el cambio climático amplifica su difusión.

Cómo el cambio climático intensifica la resistencia antimicrobiana
El papel de las temperaturas en las bacterias
El aumento de las temperaturas globales no se limita a modificar el clima, sino que influye directamente en la biología y el comportamiento de los microorganismos y las bacterias. Con el incremento de la temperatura, los microorganismos crecen y se multiplican más rápido. Esto significa que tienen más oportunidades de intercambiar información genética, incluyendo los genes que los hacen resistentes a los antibióticos. Cuanto más se multiplican, mayor es la probabilidad de que surjan microorganismos capaces de sobrevivir a los fármacos.
Los estudios científicos también muestran que, en las áreas más cálidas, es más frecuente encontrar bacterias resistentes en infecciones humanas comunes. Esto sugiere que el calentamiento global no es solo un contexto favorable, sino un verdadero selector natural, beneficiando a los microorganismos más adaptables y resistentes. Además, el cambio climático favorece la aparición de patógenos tolerantes al calor, capaces de adaptarse a condiciones antes incompatibles con la supervivencia en el cuerpo humano. Un ejemplo perfecto es el caso de Candida auris: su adaptación a ecosistemas cada vez más cálidos ha permitido a este hongo superar la barrera térmica que normalmente protege al ser humano de muchos patógenos ambientales.
Huracanes, inundaciones, sequías y difusión de patógenos
Los eventos meteorológicos extremos representan un nivel adicional de riesgo para la propagación de bacterias. Las inundaciones, huracanes y tormentas dañan las infraestructuras sanitarias e hídricas, facilitando la difusión de patógenos resistentes a través de aguas contaminadas provenientes de hospitales, granjas e instalaciones industriales. Por el contrario, las sequías prolongadas comprometen el acceso al agua potable y empeoran las condiciones higiénicas, aumentando la incidencia de infecciones y, en consecuencia, el recurso a los antibióticos. Este aumento del consumo farmacológico alimenta un círculo vicioso que refuerza aún más la resistencia.
Finalmente, el cambio climático modifica la distribución geográfica de animales que transmiten bacterias y enfermedades (vectores), como mosquitos y roedores, aumentando la frecuencia de epidemias e infecciones transmisibles de animales a humanos. Cada nueva emergencia infecciosa trae consigo un uso masivo de antibióticos, no siempre apropiado ni óptimo.
Por tanto, el cambio climático no es la causa directa de la resistencia antimicrobiana, sino que amplifica sus efectos y acelera su velocidad. Es el factor que transforma un problema ya grave en una crisis compleja, demostrando claramente que combatir la resistencia a los antibióticos significa también enfrentar la crisis climática.
Afrontar una crisis sistémica: de la respuesta sectorial a la salud planetaria
Aunque el cambio climático es un fenómeno global, sus efectos sobre la resistencia antimicrobiana golpean con especial dureza a los países de ingresos bajos y medios. En estas zonas, la alta vulnerabilidad climática se combina con sistemas sanitarios frágiles e infraestructuras limitadas, aumentando los costes sanitarios y la mortalidad. Intervenir solo en el uso correcto de antibióticos en hospitales y clínicas no es suficiente: en los contextos más vulnerables, la resistencia surge y se propaga también a través de la ganadería, el agua contaminada y los ecosistemas degradados. Para abordar eficazmente el problema, es necesario un enfoque integrado que considere conjuntamente el medio ambiente, la salud animal y la humana, como propone la estrategia One Health (Una Sola Salud).
Un elemento clave de esta estrategia es la vigilancia integrada y predictiva: monitorizar la difusión de la resistencia junto con los datos climáticos y ambientales permite anticipar los riesgos, en lugar de actuar solo en las emergencias. La integración de información proveniente de hospitales, granjas, aguas residuales y ecosistemas naturales, apoyada por la inteligencia artificial, permite detectar precozmente nuevos brotes y prever el impacto de eventos meteorológicos extremos, como inundaciones u olas de calor, en la propagación de infecciones.
Junto a la vigilancia, es fundamental una gestión responsable de los antibióticos que vaya más allá de la medicina humana, incluyendo la veterinaria, la agricultura y la acuicultura. Invertir en prevención (mediante vacunaciones, bioseguridad y mejores condiciones higiénicas) limita la necesidad misma de usar antibióticos.
La sanidad ambiental es otro pilar: controlar la dispersión de residuos de antibióticos y microplásticos en el medio ambiente interrumpe los circuitos donde la resistencia se desarrolla y se difunde. Finalmente, dada la naturaleza global de la amenaza, una cooperación política internacional eficaz es indispensable para proteger la salud pública a nivel mundial.
