El virus que desnuda a la industria cárnica

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El virus de la peste porcina africana vuelve a golpear Europa: una epidemia que cuenta mucho más que una simple emergencia sanitaria.

Por: Alessandro Comunian

Mentor: Paulo Lima

Ha llegado también a España lo que parece ser, desde hace unos diez años, la mayor pesadilla de cualquier criador de cerdos: la peste porcina africana. Entre sacrificios, bloqueos de exportaciones y contradicciones, el virus y la epidemia narran mucho más que una simple emergencia sanitaria. ¿Cuál es el verdadero precio de la carne?

El virus y sus consecuencias

Precisamente en territorio catalán, entre los bosques de la periferia de Barcelona, se ha registrado el primer caso de un virus que no dejaba rastro desde el lejano 1994. El pasado 27 de noviembre, concretamente, se halló en los senderos del Parque de la Universidad Autónoma de Barcelona, en Bellaterra, un cadáver de jabalí confirmado como infectado, probablemente contagiado tras la ingesta de comida contaminada.

A partir de ahí, se activó la alarma en todo el territorio español, no solo para contener la epidemia, sino también en un intento de erradicarla y evitar más pérdidas inútiles. Esfuerzos, los empleados por el Gobierno de Cataluña, que solo han dado frutos parcialmente. Aunque el virus ha permanecido confinado dentro del territorio delimitado, su circulación no se ha detenido por completo y ya ha generado consecuencias significativas en la economía del país. En poco más de un mes, el número de ejemplares salvajes infectados ha ascendido a 47, y los acontecimientos han provocado el bloqueo provisional de las exportaciones de diversos productos porcinos hacia unos 40 países, entre ellos México y China, dos de los principales clientes del sector.

El Gobierno de Cataluña ya ha dado luz verde a un paquete de medidas inmediatas para hacer frente al impacto de la enfermedad, declarando el estado de emergencia. Teniendo en cuenta que España es el mayor productor de carne de cerdo de la Unión Europea, con exportaciones que solo en 2024 alcanzaron un valor de 8.800 millones de euros, las repercusiones económicas son ingentes.

Pero los daños humanos y ambientales podrían serlo aún más.

Una crisis que atraviesa Europa

La peste porcina es una enfermedad vírica altamente contagiosa que afecta exclusivamente a los cerdos domésticos y a los jabalíes silvestres. La transmisión del virus puede producirse por contacto directo entre animales infectados, pero también de forma indirecta a través de objetos, medios de transporte, piensos o residuos alimentarios contaminados, como en el caso mencionado.

Aunque la enfermedad no es en modo alguno transmisible al ser humano, las consecuencias sanitarias y económicas resultan a menudo extremadamente graves. No existen curas ni vacunas eficaces ampliamente disponibles, y la gestión de los brotes se basa principalmente en medidas de contención, sacrificios preventivos y restricciones al movimiento de animales. Precisamente esta combinación de factores contribuye a transformar cada brote en una crisis sistémica, capaz de poner bajo presión a cadenas de producción enteras en toda Europa.

España es, de hecho, solo el último caso de lo que parece ser una verdadera plaga en nuestro continente. Primero en los países bálticos y en Polonia, donde en 2014 la introducción del virus pudo verse favorecida por la circulación de desechos alimentarios contaminados procedentes de África. Entre 2016 y 2018, la enfermedad continuó expandiéndose alcanzando a Moldavia, República Checa, Rumanía, Hungría, Bulgaria y Bélgica. La difusión prosiguió entre 2019 y 2020 también en Serbia, Grecia, hasta llegar a Alemania, provocando consecuencias que han puesto de rodillas a miles de trabajadores a lo largo de toda la cadena productiva.

La herida sigue aún más abierta en el caso de Italia, donde hace poco más de un año la peste porcina arrolló a todo un sector, paralizándolo. A pesar de que el virus ya estaba presente en Cerdeña desde hacía décadas, en enero de 2022 llegó por primera vez a la Italia continental, presentándose con una fuerza que obligó a los ganaderos a enfrentarse no solo al bloqueo de actividades y a la incertidumbre sobre el futuro, sino también a un número de sacrificios aterrador. Según declaró Coldiretti, en las regiones más afectadas, entre ellas Liguria, Piamonte, Emilia-Romaña y Lombardía, se sacrificaron casi cien mil cerdos.

Una estimación que, aunque alarmante de por sí, es solo una pequeña parte de los más de 1,5 millones de cerdos sacrificados en Europa desde 2022, o de los más de 200 millones sacrificados en China, el mayor productor de carne de cerdo del mundo, tras la epidemia estallada en 2018.

Tras la excelencia: las sombras de la cadena

A pesar de los evidentes daños a las estructuras productivas y a los ganaderos ya señalados, las fallas de un fenómeno de esta magnitud van mucho más allá de las fronteras económicas. Cuando se habla de granjas, de hecho, existe otro actor fundamental que con demasiada frecuencia es ignorado: el bienestar animal. Si el sacrificio resulta ser una práctica discutible de por sí, aun siendo considerada necesaria en situaciones de emergencia sanitaria, cuando las modalidades con las que se ejecuta violan abiertamente las principales recomendaciones en materia de protección animal, entonces el problema ya no concierne a la emergencia sanitaria, sino al modelo productivo mismo.

La investigación de Report de 2024, “El virus y el enemigo en casa”, logró sacar a la luz algunas de las deficiencias ligadas a la industria de la carne, discutiendo tanto las estrategias de “restricción” del contagio como los métodos de sacrificio adoptados. Entre estos, destaca el uso de la electrocución, una práctica que puede prolongar el sufrimiento del animal al no garantizar la muerte inmediata, además de abusos, presencia de roedores e insectos, cadáveres abandonados en los establos, falta de recogida de heces y carencias en los controles. Las instalaciones ganaderas quedan así abandonadas a un estado general de degradación, en el que los animales se ven obligados a vivir, o mejor dicho a morir, entre espacios asfixiantes y condiciones insalubres.

Irregularidades y negligencias que se expanden, evidentemente, mucho más allá de los momentos de crisis y que representan solo la punta del iceberg de un sector donde el abuso hacia la vida no humana está a la orden del día. Así, los supuestos estándares de excelencia, calidad y control de los que presumen los productores son traicionados en nombre de lógicas de producción basadas en el volumen y la reducción de costes. Incluso los productos de las cadenas más renombradas, como las del Prosciutto di Parma (DOP), proceden en gran medida de las mismas granjas intensivas involucradas en las crisis sanitarias y los escándalos surgidos recientemente.

En consecuencia, la distancia entre la imagen del producto final, tranquilizadora y artesanal, y las condiciones reales de parte de la cadena parece hoy cada vez más evidente. Lo que emerge no es solo una contradicción comunicativa, sino una fractura estructural entre lo que el sistema cuenta de sí mismo y lo que sucede cotidianamente en los lugares de producción.

Jamón ibérico

Una industria cada vez más concentrada y problemática

La peste porcina, en este sentido, no destruye el modelo industrial de ganadería: más bien revela sus límites, sacando a la superficie fragilidades que ya estaban presentes mucho antes de la emergencia sanitaria. La alta concentración de animales propia de la ganadería intensiva favorece la rápida circulación de patógenos, reduciendo drásticamente la distancia entre un caso aislado y un brote extendido. En ambientes donde miles de individuos comparten espacios reducidos, aire, superficies y ritmos biológicos forzados, la enfermedad encuentra las condiciones ideales para propagarse, adaptarse y persistir.

Si observamos a los dos países más recientemente involucrados, entre otros, queda claro que el denominador común capaz de hacer que un virus inocuo para el hombre sea tan relevante es, precisamente, la industria cárnica. El Jamón Ibérico en España, el Prosciutto di Parma en Emilia, y luego salamis, embutidos y salchichas: la carne de cerdo está presente en nuestros hogares mucho más de lo que, quizás, debería.

Para satisfacer la ingente demanda sostenida por las dietas contemporáneas y garantizar volúmenes cada vez más elevados a costes contenidos, la cadena ha sido empujada progresivamente hacia modelos de cría altamente concentrados, caracterizados por ritmos productivos insostenibles. Un proceso que ha terminado por comprometer no solo la calidad del producto final, sino también las condiciones de trabajo y el bienestar de los animales involucrados.

A día de hoy, de hecho, la industria porcina está dominada por un número restringido de grandes grupos capaces de controlar cada fase de la cadena y responsables, sobre todo, de la expulsión de las pequeñas explotaciones agrícolas que antes caracterizaban nuestros territorios. El cuadro general resultante es el de un modelo basado en el trabajo de bajo coste y en la explotación animal, que perjudica inevitablemente también al entorno en el que se inserta. La contaminación de las aguas, el consumo de suelo y la acumulación incontrolada de residuos son solo algunos de los signos visibles de un sistema que externaliza al medio ambiente las consecuencias de su propia intensificación.

El advenimiento de la peste porcina, desde este punto de vista, nos invita a mirar más allá de las consecuencias económicas de la crisis, recordándonos que debemos cuestionar un modelo, el de las granjas intensivas, que necesita un cambio estructural. Cuando no solo la dieta, sino también la estabilidad económica de todo un sector depende en gran medida de la matanza masiva de seres vivos y del deterioro progresivo del medio ambiente, se vuelve inevitable interrogarse sobre el precio real de la producción alimentaria: una vez desnuda la industria cárnica, ¿cómo podemos revestirla de forma más sostenible?

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