Por Carolina Picot
Mentora: Angela Nardelli
Aunque 2015 no fue ni el primer ni el último año de grandes oleadas migratorias, sin duda marcó un punto de inflexión en la percepción pública de la migración y en las políticas europeas. Esto plantea preguntas importantes: ¿fue realmente una “crisis migratoria”? ¿Una “crisis” para quién? ¿Para las personas que huían de la guerra y la persecución? ¿Para los gobiernos europeos incapaces de gestionar sus sistemas de acogida? ¿O para la propia idea de una Europa que se creía inmune a la migración? Y lo más importante: después de diez años, ¿cómo interpretamos esta “crisis”?
¿Crisis o fracaso de las políticas migratorias?
El término “crisis” sugiere un acontecimiento repentino e imprevisible, pero los conflictos y emergencias humanitarias en Siria, Afganistán, Eritrea, Sudán del Sur y Nigeria llevaban mucho tiempo activos y eran bien conocidos como situaciones que amenazaban la vida de millones de civiles. Algunos académicos definen la llamada “crisis migratoria”, “crisis de refugiados” o “crisis de las fronteras europeas” como consecuencia de conflictos, guerras y ocupaciones neocoloniales en las que las potencias europeas están implicadas.
Esto cuestiona la narrativa dominante que presenta la migración como un fenómeno “externo” a la estabilidad europea, ignorando su conexión con dinámicas globales en las que Europa desempeña un papel clave. Aunque el uso del término “crisis” está muy criticado, es importante reflexionar sobre los desafíos prácticos a los que se enfrentan los países de primera línea de la UE, como Italia y Grecia, cuyos sistemas de acogida se vieron rápidamente desbordados por el número de llegadas y por los obstáculos burocráticos en la tramitación de las solicitudes de protección internacional y de asilo. A ello se suma la dificultad de los Estados miembros para adoptar un enfoque coherente, humano y eficaz.
El caso italiano
En Italia, la gestión de la migración y las fronteras ha seguido el mismo enfoque desde la década de 1970: primero se ha politizado la migración y luego se ha enmarcado como una emergencia de seguridad. Todo el sistema descansa sobre tres pilares: emergencia, seguridad y criminalidad. La idea de una “invasión” migratoria, reforzada por la retórica del “reemplazo étnico”, alimenta la percepción de un estado de emergencia constante.
Las personas refugiadas también son objeto de un discurso mediático que las presenta como una “amenaza”, legitimando medidas de seguridad como la introducción del delito de estancia irregular en 2009, el endurecimiento del control de fronteras y el uso de la detención administrativa. El tercer pilar se refleja en la criminalización de las ONG que operan en el Mediterráneo para salvar vidas, convirtiendo la solidaridad en un acto bajo sospecha. Enmarcar la migración como un problema de seguridad provoca graves violaciones de derechos humanos y amplifica las vulnerabilidades y los mecanismos de exclusión de las personas migrantes.
¿Pueden considerarse realmente eficaces estas políticas? ¿O estamos ante un fracaso político que no solo no ha resuelto la “crisis” sino que la ha alimentado, ignorando sus causas profundas y sacrificando derechos fundamentales en nombre de la seguridad y el control? Lo cierto es que reducir la migración a un asunto de seguridad y control de flujos relega su dimensión humana, empujando las políticas hacia soluciones que ignoran la dignidad y los derechos básicos de las personas. Un ejemplo claro, diez años después del inicio de la “crisis”, es la ineficacia de los centros de retorno, incluido el de Albania.
Una narrativa que deshumaniza
La construcción de la “crisis migratoria” no se ha limitado a las decisiones políticas, sino que también ha influido profundamente en la representación mediática de las personas migrantes y en su percepción por parte de la ciudadanía. El uso de cifras, estadísticas y categorías abstractas ha ocultado con frecuencia las historias individuales, reforzando una narrativa que convierte a las personas migrantes en figuras anónimas y sin rostro.
Entre los elementos políticos de esta crisis, encontramos la deshumanización de las personas migrantes. ¿Qué significa deshumanizar? Es un mecanismo que facilita la justificación de la violencia y la hostilidad hacia otro grupo. En este contexto, las personas migrantes suelen ser presentadas como un “Otro” desprovisto de emociones, esperanzas y miedos, o reducidas a números y categorías abstractas como “inmigrantes ilegales” o “migrantes económicos”. Este proceso tiene un doble impacto: por un lado, fomenta la indiferencia hacia las experiencias y el sufrimiento de estas personas, y por otro, justifica políticas que ignoran sus derechos fundamentales, como ocurre con el trato que reciben refugiados y migrantes en las fronteras europeas.
Cuando la deshumanización tiene rostro: de la acogida a los campos de refugiados
Existen, sin embargo, momentos en que esta narrativa se resquebraja. En septiembre de 2015, la imagen de Alan Kurdi, el niño sirio de tres años hallado sin vida en una playa turca, desafió esta deshumanización. Durante un breve momento, el debate público no se centró en cifras o amenazas, sino en una tragedia humana que involucraba vidas inocentes.
Sin embargo, aunque la imagen llevó a gobiernos y ciudadanos a cuestionar la gestión migratoria, no generó un cambio estructural en las políticas europeas. Al contrario, en 2016 la Unión Europea firmó un acuerdo con Turquía, externalizando el control de fronteras y dificultando aún más el acceso a la protección para quienes huían de la guerra y la persecución. Este patrón se ha repetido en numerosas ocasiones: la indignación pública seguida de medidas aún más restrictivas, como se observa en las políticas de devolución en el Mediterráneo y la criminalización de las ONG que salvan vidas en el mar.
La deshumanización se agrava aún más en los campos de refugiados, donde, más allá de la privación material, existe una falta de conexión tanto con el país de origen como con el de acogida. Son soluciones de emergencia concebidas como temporales, pero que siguen en pie una década después. En muchos de estos campos, las condiciones fueron (como en el caso de Moria) o siguen siendo (como en Calais) inaceptables. El agua corriente y la electricidad suelen estar ausentes, y el acceso a los alimentos no está garantizado. Los campos están masificados, las instalaciones sanitarias son insuficientes y la falta de higiene, junto con el acceso limitado al agua potable, aumenta el riesgo de epidemias. Además de las consecuencias físicas, la salud mental de las personas desplazadas también se ve afectada.
Diez años después, ¿podemos decir realmente que Europa ha encontrado una solución a la “crisis migratoria” de 2015? Las políticas de seguridad y control de flujos migratorios no han resuelto la situación, sino que la han agravado, sacrificando la dignidad y los derechos fundamentales de las personas migrantes. Si la retórica de la “crisis” sigue sirviendo para justificar medidas cada vez más restrictivas, quizá sea hora de replantear las políticas migratorias europeas y dar prioridad a la protección y los derechos humanos, en lugar de a la seguridad y la deshumanización.
