Por Margo Blaha y Marco Cesarini
Mentor: Paulo Lima
traducción: Sofia Lima
Cuando se habla de la Amazonía o se hace referencia a la selva amazónica, la conexión con el imaginario del “pulmón verde” parece casi obligatoria. Esta definición mediática, acuñada en los años 70, aunque en apariencia positiva, ha llevado a reducir este complejo sistema biológico a un mero objeto funcional para la supervivencia de nuestra especie.
Se trata de una metáfora útil para la comunicación, pero científicamente imprecisa, incompleta y conceptualmente reductora. Como definición, nace desde una óptica occidental en la que todo se reduce a un objeto contabilizable, explotable con cautela pero igualmente accesible por el precio adecuado. En esta traducción se ha perdido algo fundamental: la vida plural del bosque, humana y no humana, ha sido reducida a un flujo de dióxido de carbono y oxígeno, a una reserva de carbono, a una selva que hay que “salvar” o vender al mejor postor para convertirla en plantaciones intensivas de diversos tipos. Más de 106 millones de hectáreas están destinadas a 40 cultivos distintos, lo que representa el 13% de la cuenca amazónica.
Amazonía: una gran red de conexiones
Fuente: NASA Earth Observatory
Hoy sabemos que definir la selva amazónica únicamente por su función económica estática es reducir drásticamente su verdadera complejidad. Es uno de los sistemas bióticos con mayor biodiversidad del mundo, una red de conexiones entre plantas, bacterias, hongos y animales que interactúan entre sí y dan vida a la selva amazónica.
Las estadísticas, por necesarias que sean, son solo una pista dentro de un intento mucho más amplio de comprensión. Sirven para dar una primera medida de la biodiversidad conocida, un indicio cuantitativo que puede impactar, orientar y dimensionar la escala del fenómeno. Sin embargo, los datos ya conocidos hablan por sí solos:
- Alrededor del 10% de las especies de vertebrados y plantas del mundo vive en la cuenca amazónica, que representa solo el 0,5% de la superficie terrestre;
- En una zona de 10.000 m² de selva amazónica de tierras bajas se encuentran más especies de árboles que en toda Europa;
- Las estimaciones actuales indican la presencia de 40.000 plantas vasculares, 1.560 mariposas, 425 mamíferos, 427 anfibios, 371 reptiles, 1.300 aves y 2.406 peces.
Estos datos impresionantes son solo una instantánea parcial. En un mundo que todavía se apoya demasiado en cifras y métricas para “medir” la naturaleza, debemos recordar que cada número es solo un fragmento de la historia, y representa únicamente lo que ha sido observado, clasificado, registrado. A pesar de décadas de estudios intensivos, las dimensiones reales de la diversidad amazónica siguen siendo ampliamente subestimadas.
En este contexto, los números son útiles no porque lo digan todo, sino porque nos recuerdan lo poco que sabemos. La riqueza de la Amazonía no se agota en lo que parece una lista de cifras, sino que reside en los equilibrios que la mantienen viva.
Es necesario desplazar el discurso utilitarista occidental
Este salto conceptual es importante para desplazar el discurso utilitarista occidental hacia una nueva concepción que incluya la interacción simbiótica entre los pueblos indígenas y la propia selva. Aclaramos un punto antes de entrar en esta transición: debemos asumir que los pueblos indígenas (término que utilizamos para referirnos a ellos) viven en simbiosis con ecosistemas complejos como la Amazonía no porque estén “atrasados” respecto al modelo occidental, sino porque eligen conscientemente otra forma de existir en el mundo. En este sentido, es esencial romper el paradigma de adaptación a un único modelo cultural y favorecer la aceptación y comprensión de culturas profundamente diferentes a la nuestra.
En su ensayo Ideas para posponer el fin del mundo, Ailton Krenak llama la atención sobre una serie de problemáticas que desde hace tiempo afectan a las comunidades indígenas, cuyos modos de vida han sido profundamente alterados por los efectos de la industrialización, presentada a menudo bajo el disfraz de la “modernización” y el “progreso”. Las repercusiones se manifiestan en distintos niveles: desde la transformación forzada de los territorios y paisajes culturales, hasta la afectación de la salud colectiva y la erosión de los derechos fundamentales. Entre las cuestiones más urgentes figuran la lucha por el reconocimiento y la demarcación de las tierras ancestrales, la defensa del derecho a la salud y a la autodeterminación, el desarrollo de iniciativas para la protección del medioambiente, y la resistencia frente al constante saqueo de los recursos naturales.
La selva no como objeto, sino como sujeto con derechos
Las visiones indígenas de la selva no la conciben como un objeto, sino como un sujeto; no solo como un entorno, sino como un mundo habitado. Un mundo en el que la espiritualidad, el conocimiento y la relación ecológica se entrelazan, y donde las fronteras entre lo humano y lo no humano son porosas, dinámicas, negociables: “El universo está habitado por diferentes tipos de personas, humanas y no humanas, que perciben la realidad desde puntos de vista distintos”, afirma Viveiros de Castro. En esta cosmología, animales, espíritus e incluso los elementos naturales no son objetos de estudio, sino sujetos con intencionalidad y agencia. Una visión radicalmente distinta de la del naturalismo occidental, donde la naturaleza se convierte en algo que debe ser gestionado. Esta perspectiva entra en tensión con la ecología capitalista y con el ambientalismo occidental, que siguen tratando la selva como un patrimonio a administrar, en lugar de como un sujeto con derechos. Es sobre este telón de fondo donde se abre una nueva frontera para la justicia climática.
Los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales de la región amazónica llevan décadas defendiendo sus territorios, a menudo a costa de sus vidas. En toda la cuenca amazónica viven entre 400 y 500 pueblos indígenas, algunos en aislamiento voluntario. Estas comunidades hablan más de 300 lenguas distribuidas entre los nueve países amazónicos (Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Guyana, Surinam, Guayana Francesa y Venezuela), e incluyen grupos numerosos como los Ticuna y los Kayapó, conocidos por su activa resistencia contra la deforestación.
Por Apib Comunicação.
COP30: riesgo de convertirse en un escaparate de greenwashing
La COP30, que se celebrará en Belém do Pará, representa paradójicamente el único espacio reconocido a nivel global donde sus demandas podrían tal vez ser escuchadas. Pero ¿por qué estas comunidades deberían necesitar un escenario internacional para ser tomadas en serio? ¿Por qué solo logran hacerse oír, con esfuerzo, en eventos globales legitimados por Occidente? El riesgo de que la COP30 se convierta también en un escaparate de greenwashing es real, sobre todo si la Amazonía sigue representándose como un objeto que hay que salvar en vez de como un sujeto político y cultural con voz propia.
Es hora de devolverle voz, complejidad y subjetividad. No podemos descolonizar las políticas ambientales sin descolonizar antes nuestras miradas. Para ver el bosque de otra manera, también debemos posicionarnos de otra manera frente a él: no por encima, no fuera de él, sino en relación.
