En 1992, un grupo de mujeres negras latinoamericanas y caribeñas decidió reunirse en Santo Domingo, República Dominicana. De ese encuentro nació una red. Y con ella, la urgencia de afirmar una identidad colectiva frente a un continente atravesado por borramientos. La propuesta era clara: construir soluciones desde la propia fuerza, desde la escucha entre pares, la ancestralidad compartida y las huellas dejadas por los procesos coloniales.
Así nació el Día Internacional de la Mujer Negra Latinoamericana y Caribeña, instituido el 25 de julio como una fecha de articulación política, memoria y resistencia. En Brasil, esta fecha también rinde homenaje a Tereza de Benguela, mujer negra que lideró el Quilombo de Quariterê en el siglo XVIII, construyendo una experiencia colectiva de autodefensa y autonomía en el corazón del territorio hoy conocido como Mato Grosso.
El 25 de julio es un día de retomada. Un día para visibilizar luchas diversas que, aunque expresen trayectorias singulares, comparten una base común: el enfrentamiento a las desigualdades raciales y de género, agravadas por un sistema que insiste en fragmentar para controlar. Como nos enseñó Lélia Gonzalez, la fragmentación racial sirve a la blanquitud. Nos debilita, nos divide, nos encierra en cajas identitarias que dificultan la construcción de un proyecto colectivo.
Reconocer una unidad entre la multiplicidad que nos atraviesa es una forma de afirmar nuestro modo de existir y nuestro vínculo originario. Es un gesto de fortalecimiento como clase.
La identidad negra es múltiple. La mujeridad latinoamericana y caribeña, aún más. Son distintas etnias que se insertan en este cuerpo-mundo, este territorio común de reinvención — en constante disputa. Caminamos con cuidado sobre este suelo identitario, pero avanzamos en propuestas, reconociendo las diferentes luchas que se posicionan con un objetivo común: el Buen Vivir, la calidad de vida, la afirmación de la existencia como un derecho innegociable.
Es en este contexto que resuena la categoría de amefricanidad, propuesta por Lélia como forma de pensar una identidad negra que supera los límites del territorio nacional y se conecta por experiencias históricas y culturales compartidas. Para ella, era necesario nombrar lo que ya estaba en curso: las similitudes entre las expresiones culturales negras en distintas partes del continente — los lenguajes, los cuerpos, las resistencias. Era necesario reconocer que América no es sólo Estados Unidos — y que el Caribe, muchas veces invisibilizado, fue el punto de partida de una historia que moldea toda la región.
Lélia denunció con precisión el mito de la superioridad blanca y sus efectos de fragmentación: una identidad racial fracturada, constantemente negada o deslegitimada. Su propuesta metodológica era lo opuesto a la dispersión: unir los fragmentos, afirmar la historia.
Eso mismo propone Audre Lorde, escritora y activista afroestadounidense, al afirmar que sólo accede a toda su fuerza cuando puede integrar todas las partes de quien es, sin las restricciones de una definición impuesta desde fuera. Incluso desde otro contexto, podemos tomar prestado lo que ella nos ofrece para pensar nuestra identidad como clase — con fuerza total en su multiplicidad.
En este 25 de julio, no hay una única respuesta. Hay voces. Hay cuerpo colectivo. Hay ritmos distintos, pero un mismo llamado: vivir con dignidad, con libertad, con autonomía.Porque somos muchas. Y nos reconocemos. Y por eso seguimos.
