Por Roberto Barbiero. Traducción: Ada Andreoni
La primera semana de trabajo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima (COP25) comenzó y mientras la atmósfera sigue calentándose, el aire que se respira aquí en Madrid no es, en absoluto, el mejor.
Hay muy poco tiempo para el entusiasmo que caracteriza a las ceremonias de apertura de eventos de tal magnitud. “El mundo debe elegir entre la esperanza y la capitulación, el aumento de la ambición y la urgencia’”, son las palabras más duras utilizadas por Antonio Guterres, Secretario General de ONU. En su discurso, subrayó que los esfuerzos realizados hasta ahora por la comunidad internacional, son totalmente insuficientes.
Es una COP que ya está arrancando por el cambio de la sede que en el último momento fue trasladada de Chile, afectada por una grave crisis económica y social, a España. Esto significa que a la Unión Europea se le ha confiado la responsabilidad de facto de garantizar un resultado positivo que es esencial para lograr las condiciones necesarias para el inicio efectivo del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, que se espera para 2020.
Los datos proporcionados por los recientes informes del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) son inequívocos y cada vez más preocupantes. La temperatura global es ahora constantemente 1,1°C superior a los valores preindustriales y el proceso de calentamiento se ha acelerado, siendo los últimos cinco años los más calurosos jamás registrados.
El nivel del mar está subiendo rápidamente, los océanos se están calentando y acidificando a un ritmo acelerado. Las cosas tampoco van bien para la criosfera: el hielo del Mar Ártico y el hielo continental de la Antártida y Groenlandia siguen retrocediendo.
Los eventos climáticos extremos se están intensificando. En los últimos cinco años, las olas de calor han sido la principal causa de muerte, con temperaturas récord en muchos países. Este año, sobre todo, se caracteriza por la presencia de grandes incendios en la zona del Ártico que nunca antes se habían observado.
Los impactos sobre los ecosistemas terrestres y marinos y sobre la vida humana son cada vez más dramáticos, poniendo en riesgo el acceso a la salud y a bienes esenciales como los alimentos y el agua para una gran parte de la población mundial.
Todo esto sucede mientras las emisiones de gases de efecto invernadero, la principal causa del calentamiento global, siguen creciendo de manera alarmante sin dar esperanzas de que alcancen su punto máximo para el próximo año y es poco probable que lo hagan para el 2030, como lo señaló Hoesung Lee, presidente del IPCC.
Las concentraciones de los principales gases de efecto invernadero continúan creciendo y el CO2 alcanzó un pico de 407,8 partes por millón en 2018, concentraciones presentes en la atmósfera terrestre hace sólo entre tres y cinco millones de años.
Esto hace cada vez más difícil cumplir los objetivos del Acuerdo de París, es decir, limitar el aumento de las temperaturas a 2°C a finales de siglo en comparación con la era preindustrial y, si es posible, a 1,5°C para limitar los posibles efectos irreversibles sobre el planeta.
Los compromisos voluntarios asumidos por los distintos países para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (NDCs – Nationally determined contributions) parecen totalmente inadecuados. Incluso si se emplearan realmente, provocarían un aumento de la temperatura media mundial, estimada entre 2,9 y 3,4°C.
Para alcanzar el objetivo de los 2°C, estos compromisos voluntarios tendrían que triplicar sus objetivos de reducción de emisiones para 2020, y para mantenerse por debajo de 1,5°C tendrían que ser incluso cinco veces superiores. Técnicamente, es posible cerrar esta brecha, pero ahora la cuestión es política. Este es el punto: se necesita un inmenso esfuerzo para hacer más ambiciosos los compromisos de cada uno de los países. Y ese es el gran desafío de esta COP. Necesitamos elevar el listón del salto, dar un salto hacia adelante y no hacia el abismo.
El resultado de las negociaciones en los próximos días estará en manos de líderes internacionales como Trump para Estados Unidos, Bolsonaro para Brasil o Putin para Rusia. No hay mucho margen para el optimismo y por eso la presión de la sociedad civil de todo el mundo, que en parte está presente aquí en Madrid, y que hoy es quizás la única fuente de esperanza, se convierte en fundamental.