Cuento: TIERRA DE AGUA

Por: Diana Monsalve – Ilustraciones por: José Mosquera (Colombia)

Esta historia llena de misticismo fantasía y realidad, nos invita a reflexionar sobre nuestra vida. Por eso te invito a que pares unos minutos, la vida no para, ella sigue, los humanos siguen, el mundo sigue, pero hoy, en este preciso momento si te encuentras leyendo esta historia, para solo un instante.

Observa a tu alrededor el sitio en el que te encuentras, con sus múltiples detalles, recuerda, observar no es lo mismo que ver o mirar. Ahora dirígete a una de tus ventanas o al exterior si es preciso y observa, observa a tu alrededor, más allá de las casas, los edificios y parques, más allá de todo lo construido por el hombre, observa el mundo natural, aquel que te rodea con sus maravillosos colores y sonidos, ¿has alcanzado a identificar aquellos entornos naturales en los que te envuelves y que para muchos son invisibles?

Ahora respira, toma una bocanada de aire, respira profundo y lento, inhala poco a poco muy lentamente y exhala de la misma manera ¿necesitas algún artefacto tecnológico para hacerlo?, para vivir es necesario respirar, y lamentablemente gran parte del aire que estas respirando, cada día está más y más envenenado, ¿Quién lo ha hecho?

Hace mucho tiempo, cuándo aún no existían todas estas máquinas y artefactos que funcionan gracias a combustibles fósiles, y que para ti hacen parte de la cotidianidad, el hombre y yo vivíamos en paz, los indígenas, como son llamados ahora valoraban la tierra de agua “Chucua”, ese fue el nombre que me fue dado con amor y respeto. Para ellos yo era un territorio sagrado y místico que daba vida, si investigas un poco sobre los mitos y leyendas precolombinos encontrarás todo un mundo de diosas, héroes y heroínas con formas de jaguares y serpientes que infundían respeto y reverencia, recordando siempre el amor y cuidado que debía tenerse por aquellos lugares que brindaban al hombre sustento, alimento y hogar.

¿Sabías qué el agua tiene un recorrido fantástico?, ríos como el maravilloso Amazonas nace de un gélido glaciar para finalmente desembocar en el inmenso océano

Lamentablemente con la llegada de otro tipo de hombres quienes no honraban la tierra y el agua, el respeto que se tenía hacia mí se desvaneció, la paz terminó y todo mi ser fue tomado como un objeto que podía ser utilizado indiscriminadamente por estos nuevos hombres, quienes adoraban el “oro”. Nada volvió a ser igual, luego vino el mal llamado “desarrollo” una falsa idea de progreso, que se nutre al desangrar el planeta, poco a poco mis tierras llenas de verde se han ido agotando, mis aguas antes cristalinas ahora son turbias, y los humanos quienes por sus acciones han ocasionado mi deterioro me miran con asco, como un espacio inservible que debe ser rellenado por más y más edificios de cemento, poco a poco me he ido reduciendo en fragmentos de lo que un día fui, fragmentos cada vez más pequeños.

Nunca he entendido, como los hombres se conceden el título de la especie más sabia e inteligente del planeta, si destruyen precisamente aquellas fuentes de vida, lugares que ofrecen el agua y purifican el aire aquellos que como yo son hogar de miles de especies y sitio de descanso para aves que llegan desde sitios muy apartados, por ejemplo; Les contaré un poco sobre una de esas aves que emprenden largos viajes desde su sitio de origen en búsqueda del mantenimiento de su especie, ella es la Tingua azul, a quien hoy llamaremos Tingui.

Tingui nació en los llanos Orientales de Colombia, sus padres provenientes de Estados Unidos encontraron en este país el lugar perfecto para su residencia, ellas como todas las aves de su especie son aves migratorias, es decir, en sus etapas reproductivas viajan largas distancias a un lugar específico para encontrar su pareja, su compañera de vida y así poder juntos formar una familia.

Nuestra pequeña ave creció escuchando los relatos de sus padres sobre su “travesía de amor”, así llamaban ellos a ese viaje de aventuras en que ambos se conocieron, le contaban a Tingui como se fueron preparando físicamente para mantener un vuelo seguro durante su recorrido, con emoción el escuchaba como ellos con detalle describían los paisajes vistos, las sensaciones en el aire que pasaban por sus cuerpo, los colores y la imponencia del planeta ante su vuelo.

Tingui muy emocionado quería pronto tener la edad indicada para realizar ese viaje de aventuras en la que encontraría su compañera de vida, así que por mucho tiempo preparó sus alas y técnica de vuelo, hasta que el tan anhelado día llegó.

Tingui

Atrás quedó el polluelo, Tingui era ya todo un adulto, medía unos 34 cm de alto, con un cuello largo, sus patas de color amarillo y plumaje iridiscente con tonos color verde bronce, púrpura y azul brillante que cambiaban de acuerdo a la luz, estaba preparado para iniciar su viaje, su destino era Bogotá, es esta la ciudad donde viajan miles de Tinguas azules para comer y reproducirse.

Antes de iniciar su viaje y de ver con sus propios ojos todas aquellos parajes relatados por sus padres, se despide de ambos, los dos con lágrimas en sus ojos lo abrazan y le recuerdan que debe cuidarse de la selva de cemento, esta era una de las pruebas a la que Tingui debía someterse si quería llegar a la Tierra de agua y encontrar su gran amor.

La selva de cemento era un sitio extraño, llena de objetos que envenenaban el aire, además en él habitaba una extraña especie de gigantes (así llamaban ellos al ser humano) quienes caminaban en dos patas y no poseían alas, todos iban a prisa y muchos de ellos llegaban a ser agresivos con las aves.

Tingui con decisión inicia su viaje, extasiado ve a su alrededor el imponente mundo que se abría ante sus ojos, el cielo de colores, las montañas serpenteando y como entre ellas se trenzaban los ríos quienes a esa distancia se veían como hilos entretejidos, largos y hermosos, además disfrutada como el aire iba travesando su cuerpo, en ese preciso momento, nuestro protagonista experimentó la verdadera felicidad que representaba la libertad.

Sin embargo, poco a poco el aire limpio que respiraba, se tornó más y más pesado, la temperatura no era tan fresca, atrás quedó el mundo natural, Tingui había llegado a la selva de cemento, esta era su gran prueba.

Todo era diferente a como lo describieron sus padres el tamaño de esta selva era mucho mayor, las indicaciones dadas para llegar a la tierra de agua lo llevaron a un lugar lleno de grandes edificios.

 – ¿Qué pasó con la Tierra de agua?, ¿Dónde está? – Se preguntó Tingui, él había seguido las indicaciones al pie de la letra, estaba seguro que ese era el lugar, sin embargo, todo era diferente.

Aunque Tingui había entrenado para resistir la distancia del vuelo, había estado en el aire por demasiado tiempo, estaba agotado, necesitaba un sitio para descansar. Al bajar en altura se aturdió aún más, ruidos exorbitantes, especies mecánicas que despedían un humo ahogador, miles y miles de esos gigantes relatados por sus padres se movían sin parar, sin saber qué hacer y sintiéndose perdida, las fuerzas de la Tingua azul  terminaron y  ella solamente cayó.- ¿Así terminará mi travesía?- se dijo mientras perdía la conciencia. De pronto uno de esos gigantes de dos piernas lo tomo en sus manos.

¿Qué crees pudo pasar?

Este es nuestra Tierra, el gran planeta Agua

Te dejo a ti el final querido lector, si llegaste al final de este cuento permitiré que tú termines la historia, porque, así como Tingui hay muchas especies que están en peligro, incluido tú. Este planeta y todos los que habitamos en él estamos atravesando una gran crisis climática en gran parte ocasionada por tu especie, así que es momento de que tú escribas el final de esta y muchas historias, también de la mía porque yo, así como esta pequeña Tingua Azul necesito de tu ayuda.

La pequeña ave de esta historia me buscaba a mí, la Tierra de agua, yo soy un humedal de los pocos que quedan en Bogotá, aquel que en tiempos pasados fue venerado, respetado y amado, pero ahora es contaminado y olvidado, soy quien puede evitar inundaciones, purificar el aire y contribuir en la lucha contra el cambio climático en esta ciudad. Como yo, hay muchos ecosistemas en peligro, nosotros siempre intentamos comunicarnos contigo, tocar esas fibras de sensibilidad que aún quedan en ti, a través de los cantos de las aves, el susurrar del aire, el batir de los árboles, hemos querido acercarnos a ti, solo es cuestión que pares, contemples y escuches, la naturaleza tiene alma.

Mi historia, la de Tingui y la de muchas especies dependen de ti y de las decisiones que tomes de ahora en adelante, nosotros podríamos sobrevivir sin ti, tú sin nosotros no, sin embargo, aún sueño que los tiempos de coexistencia vuelvan, donde tu y yo éramos uno, dale un final a nuestra querida Tingua azul, a mi historia, las historias de miles de especies y a la tuya también.

¿Cuál es el final que le darás?

“El progreso de un país no debería medirse por su desarrollo tecnológico sino por el valor que se le asigna a cada forma de vida”

Francisco Vera Manzanares, 11 años – activista ambiental.

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